El docente, arquitecto y anfitrión

El tiempo escolar es un tiempo intensificado, ritualizado, separado del tiempo común, rodeado de gestos, de procedimientos, de estéticas, de formas de hablar y de pensar. Y el encuentro de profesores y estudiantes en las aulas, merced a esta puesta entre paréntesis de la vida común para dedicarse a contemplar juntos el mundo (a balbucear sus lenguas, mirarlo y escucharlo con otros ojos, diferentes de los de todos los días), este encuentro por sí mismo produce un efecto-escuela. Habitar el espacio escolar, sus ritos y liturgias, sumarse a las miradas, los oídos y las voces colectivas que la escuela aloja, ya es parte de la experiencia educativa.

El tiempo escolar es un tiempo intensificado, ritualizado, separado del tiempo común, rodeado de gestos, de procedimientos, de estéticas, de formas de hablar y de pensar.

Pero una vez en el aula, este encuentro se puebla de métodos, de contenidos, de imprevistos, de decisiones, de oportunidades. Y es allí donde es mirado, nombrado, interrogado. Problematizado, cuestionado, atacado con furia, defendido con honor. Olvidando a veces de qué se está hablando realmente. ¿De qué escuela, de qué relación pedagógica? ¿La que se ve alumbrada bajo qué luces? ¿La que se erige sobre qué convicciones?

Creo que hay dos preguntas sobre el encuentro pedagógico que necesitan formularse cuidadosamente, y no ser desatendidas. La pregunta por el profesor arquitecto y la pregunta por el profesor anfitrión. Pero antes de desplegarlas, me gustaría detenerme un instante, apenas un párrafo, en aquellas miradas críticas hacia la escuela que la acusan de ser autoritaria, aburrida, insensible, monótona, desigual, permisiva, estricta, y muchos otros adjetivos que pueden hallarse aquí y allí.

Una parte de las críticas dirigidas a la escuela tienen su origen en los vientos de cambio impulsados por el viejo escolanovismo del siglo pasado, por las pedagogías críticas, por el constructivismo. Y buena parte de esas voces críticas sostienen argumentos interesantes que ayudan a mejorar las escuelas. Pero otra parte de las críticas dirigidas a la escuela se dedican a denunciar la incapacidad de la escuela para “competir” con las tecnologías, o para resultar atractiva ante una audiencia exigente (donde los alumnos se ubican en una posición de clientes), y proponen la adopción de modelos empresariales para administrar la vida escolar. Reducen el alumno a un cerebro, su vida afectiva a un catálogo de emociones clasificables, sus experiencias de aprendizaje a los resultados medibles. Ante esta avalancha de críticas “de mercado”, oportunistas, que se suben a la ola, disfrazándose de progresistas, creo que se amerita asumir hoy una posición de elogio de la escuela. Elogio que busca subrayar la nobleza igualadora y la tarea de ampliación del mundo, de los destinos, de los horizontes culturales que la escuela posibilita. Elogio que a la vez es crítica, porque se apoya en la idea de que para pensarnos en la escuela no necesitamos regodearnos mostrando, en elaborados cuadros estadísticos, los magros resultados que tienen los estudiantes de clases bajas en las pruebas estandarizadas (como hacen los informes del Banco Mundial o la OCDE), sino que necesitamos pensar desde adentro, desde abajo, desde los tiempos largos y las funciones primordiales del acto de educar, entendido como desafío al pensamiento y como gesto o acontecimiento de orden ético, condición de posibilidad de la relación educativa.

Ante esta avalancha de críticas “de mercado”, oportunistas, que se suben a la ola, disfrazándose de progresistas, creo que se amerita asumir hoy una posición de elogio de la escuela.

Desde ese lugar, me propongo esbozar la idea de una doble posición para pensar la docencia: la del arquitecto y la del anfitrión. Creo que no debería pensarse una sin la otra: no son opuestas sino, al contrario, complementarias. Hay quienes piensan en los docentes y ven sólo arquitectos, es decir, personas que se esfuerzan en pensar diseños exactos, precisos, potentes. Hay quienes sólo ven a los anfitriones, esto es, gente que sueña con encuentros acogedores, cuidados, libres. No necesariamente están enfrentados: están hablando de cosas distintas o pensando desde lugares diferentes. Un poco como en aquella famosa cita de Rancière donde el desacuerdo no consiste en que uno diga blanco y otro diga negro, sino en que ambos hablan de la blancura en términos diferentes, significando cosas distintas.

Los docentes necesitamos ser arquitectos, porque nuestras aulas merecen ser pensadas desde la perspectiva de la practicidad, de la accesibilidad, de la presencia de instrumentos y de recorridos posibles, pensados desde antes, como medios útiles para alcanzar los fines deseados. Pero también necesitamos ser anfitriones, para que el aula sea un lugar cómodo y caracterizado por el cuidado, con todo lo que ello implica. Cuidar es prestarle atención al otro, es pensar en el otro, es brindar el tiempo propio al otro, un tiempo amoroso y honesto.

Cuidar es prestarle atención al otro, es pensar en el otro, es brindar el tiempo propio al otro, un tiempo amoroso y honesto.

Necesitamos ser arquitectos para planificar, para trazar mapas posibles, cartografías inteligentes. Necesitamos ser anfitriones para percibir la experiencia, para andar descalzos sobre el territorio, que no siempre coincide con los mapas, o que incluso se revela ante cualquier intento de ser mapeado. Necesitamos ser arquitectos para no ser improvisados, para no ser ineficaces, para no andar a tientas, para no llegar “con lo puesto”. Necesitamos ser anfitriones para no ser indiferentes, para no ser insensibles, para no confiar demasiado en los mapas y las planificaciones. El arquitecto construye posibilidades, el anfitrión mira con atención el devenir y está siempre dispuesto a deconstruir, a pensar en sentidos contrarios o alternativos. Somos arquitectos porque nos importa usar las herramientas adecuadas, y sabemos que no todo da lo mismo. Somos anfitriones porque nos importan las relaciones y porque queremos prevenirnos de que las herramientas puedan terminar usándonos a nosotros.

Daniel Brailovsky

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3 comentarios en “El docente, arquitecto y anfitrión”

  1. Dany. No sé si te lo propusiste pero la crítica al paradigma weberiano es muy buena. Me gustan los sentidos y sentimientos de «arquitecto» & «anfitrión», mas no las palabras… Y algo más: Habría que convertir en «genero pedagógico» al Elogio! Te felicito! Abrazo virtual y virtuoso!!!

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