Encariñarse con el porvenir

La escritora y periodista española Elvira Lindo señala que la falta de compromiso con el futuro es peligrosa (Diario El País, Madrid, 2020). En gran medida, la ausencia o debilidades de liderazgo y de volumen programático de las políticas públicas en orden a forjar un futuro sostenible, mejor y próspero, se ha revelado crudamente con la pandemia planetaria. Particularmente, en educación, nos ha puesto ante la imperiosa necesidad de repensar los propósitos de la educación y de los sistemas educativos so riesgo que las estrategias y los contenidos que se desarrollan puedan ser irrelevantes para el bienestar y desarrollo individual y colectivo considerados en su complementariedad y globalidad.  

La pandemia visibiliza por lo menos tres cuestiones fundamentales. En primer lugar, que los sistemas educativos no han reparado suficientemente en preguntarse sobre si, en los grandes trazados, forman para un mundo sostenible a presente y futuro, o siguen principalmente una lógica de reproducción del mundo del que Mafalda quiere bajarse, y que, en definitiva, priva a las generaciones más jóvenes de un porvenir convocante, optimista y venturoso. 

En segundo lugar, cabe interrogarnos sobre si las propuestas educativas solo asentadas en modelos escolares presenciales con mirada sospechosa y de invitados de piedra hacia las tecnologías, “viejas y nuevas”, toma debida nota que las personas y más aún las generaciones jóvenes, ya mucho antes que la Covid-19, aprenden en diversos espacios y en múltiples maneras. Ya no se sostiene la educación intramuros en concepciones, contenidos y alcances. Asimismo, en tercer lugar, se denota cierta falta de audacia y de visión prospectiva entre diversidad de stakeholders de dentro y fuera de los sistemas educativos, de anticiparse proactivamente a los conocimientos y a las competencias que las futuras generaciones tienen que desarrollar para enfrentar desafíos individuales y colectivos en un mundo signado por los cambios disruptivos culturales, sociales, políticos y económicos que en buena medida están mediados por la tecnología. 

A la luz de la pandemia, las políticas educativas pueden o bien circunscribirse a la búsqueda de respuestas de coyuntura y fragmentadas para garantizar mínimamente la continuidad curricular y pedagógica, o bien responder a la coyuntura transitando el camino de forjar una nueva normalidad que sea transformacional, futurística y aspiracional alternativa al “regreso” a una normalidad ajustada pre Covid-19. Identificamos cinco órdenes de desafíos que las políticas públicas en educación podrían encarar.

En primer lugar, el encariñamiento con el porvenir es el sustento quizás más relevante de una nueva generación de políticas públicas que promoviendo el debate plural y a fondo de ideas, sin pre-condicionamientos, asuma con decisión y capacidad de respuesta su rol indelegable y crecientemente relevante, en forjar imaginarios de sociedad que fortalezcan el sentido de justicia social, humanista, universalista, cosmopolita y componedor de la educación. La pregunta en torno a qué tipo de educación necesitamos para forjar el ideal de sociedad que se persigue, mantiene actualidad y sigue siendo condición insoslayable de toda propuesta educativa que aspire a transformar las vidas de las personas y de las comunidades como preconiza la Agenda Educativa 2030 liderada por UNESCO.

En segundo lugar, las políticas educativas tienen que fortalecer su mirada y accionar en buscar remover las barreras mentales, ideológicas, corporativas, institucionales, curriculares, pedagógicas y docentes que impiden que las personas, cualquiera sean sus condiciones, circunstancias, capacidades y contextos, puedan gozar de oportunidades personalizadas de educarse y de aprender a lo largo y ancho de sus vidas. En gran medida se trata de una batalla cultural entre el posibilismo y el impedimento.

En tercer lugar, profundizar en una visión de la educación, así como en una organización del sistema educativo que promuevan modos híbridos – espacios concatenados de formaciones presenciales y a distancia – y plurales, así como transversales a los diversos niveles educativos, en temas, enfoques, instituciones, intervenciones, ofertas y cursados sustentados en la fuerte intención y mandato de ampliar y democratizar las oportunidades de aprendizaje. Esto supondría romper con los modelos escolares de procesos y tiempos uniformes para todos los alumnos sin reparar en que cada uno de ellos es un ser especial y que requiere de propuestas personalizadas enmarcadas en el aprendizaje con pares. 

En cuarto lugar, una educación más comprometida y atenta a vigorizar la democracia como modus de vida, el civismo, y el ejercicio saludable y responsable de la ciudadanía, así como a fortalecer la centralidad de la libertad en la formación integral de la persona como sustento del pensamiento autónomo. Cada vez más se requiere que la educación ponga el foco en contribuir a formar seres pensantes con capacidad de liderar sus propias vidas, y munidos de anticuerpos sólidos para protegerse no solo frente a futuras posibles crisis y pandemias, sino crucialmente de las manipulaciones humanas con usos espurios de la inteligencia artificial para direccionar, controlar y comercializar lo que forjamos, hacemos y explicitamos en nuestra cotidianeidad. 

En quinto lugar, las políticas educativas tienen que hacerse cargo de enfrentar decididamente la profundidad e implicancias de la vulnerabilidad que es más que la consideración de aspectos económicos, sociales y culturales por sí mismos relevantes, o inclusive de las intersecciones complejas entre inclusión social y educativa. Implica también asumir con voluntad política y solvencia profesional la vulnerabilidad institucional, curricular, pedagógica y docente que se genera y solidifica a partir de propuestas desconectadas del presente y futuro de las sociedades nacionales y en particular de las nuevas generaciones.

Renato Opertti

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