La columna vertebral de la educación

¿Qué saberes necesita la sociedad actual?  

Cuando empezamos con esta pregunta ya estamos atrasados en la respuesta: siempre hemos buscado respuestas inmediatas a lo que sucede, reaccionando a lo que pasa y no anticipándonos, soñando con una respuesta que sirva para mucho más que un periodo de tiempo. Y quisiera partir desde este punto, diciendo que lo que se debe aprender nunca será un contenido novedoso o una solución mágica, debemos centrarnos en cosas que les permitan a los niños y adolescentes del futuro traspasar cualquier tiempo y circunstancia.  

Preguntarse por el qué, y por qué enseñar es la base de lo que haremos. Cuando defines esto, pasas a buscar las estrategias para lograrlo, pero primero hay que reflexionar sobre el hacia dónde queremos ir. Nos hemos centrado en las estrategias, perdiendo el norte de lo importante. Siempre limitamos nuestros sueños individuales y colectivos al centrarnos en las dificultades y perder el norte de lo que queremos.  ¿De qué nos sirve erradicar las tasas de deserción escolar o lograr que todos los niños vayan a la escuela, si lo que se enseña no es pertinente o si aprenden más fuera de la escuela? ¿De qué nos sirve mejorar en pruebas internacionales de lengua y matemáticas si los indicadores de pobreza siguen aumentando? ¿Al parecer no se relaciona una cosa con la otra, verdad? Pues es precisamente este punto el que hace que nos demos cuenta de que hay grandes esfuerzos centrados en aspectos que no repercuten directamente sobre la calidad de vida de la sociedad en general.

Este tiempo de crisis nos hace volver a pensar en lo importante. Ha tenido que llegar una pandemia para obligarnos a repensar lo que se estaba haciendo, no desde el hacer mismo, sino desde el para qué. Durante décadas los esfuerzos institucionales se han basado en cifras y estándares que no tienen sentido porque ellas mismas reflejan indicadores de cuestiones que no afectan a la sociedad: las problemáticas sociales, como la desigualdad, el deterioro del medio ambiente, la pobreza, la hambruna se incrementan. ¿No es allí donde deberíamos tener centrados los indicadores reales de lo que pasa en la escuela? ¿De qué nos sirve saber que hemos mejorado 20 puntos en las pruebas internacionales de ciencias cuando el mundo ha retrocedido en conservación, cuando las prácticas diarias nos siguen condenando a un mundo invivible? 

No son temas, ni resultados, en lo que deberíamos centrar la educación. Una alternativa podría ser enseñar desde pequeños a los niños a identificar y aportar a la resolución de problemas con conciencia personal y social. Si los niños aprenden a resolver problemas por lo menos en tres escalas (la personal, su contexto próximo y a nivel mundial), estaríamos aportando a la realidad, en los temas personales, reflexionar constantemente sobre el ¿quién soy? y el ¿cómo soy? Esto ayudaría a mejorar los procesos de autoestima y seguridad que necesitan los seres humanos para crecer emocionalmente. Luego el aprender sobre los problemas del contexto próximo: ¿dónde estoy?, ¿qué pasa en mi comunidad?, ¿cómo puedo aportar?, ¿por qué sucede?  ¿quiénes hacen parte? Y en una tercera instancia poder aprender a pensar globalmente a través de las problemáticas mundiales: ¿cuáles son los objetivos de desarrollo sostenible?, ¿por qué son esos y no otros?, ¿qué hay que hacer para trabajar por ellos?  La educación debería actuar como columna vertebradora: la resolución de problemas y el aprendizaje girando alrededor de lo que necesitas para contar con las herramientas necesarias para hacerlo. Necesitamos líderes éticos que aporten a la identificación de problemas y a la construcción de soluciones personales y globales.

 Yinna Higuera

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