La escuela cartógrafa

En los primeros meses de la pandemia, en una entrevista para el periódico colombiano El Espectador, Jorge Galindo (@JorgeGalindo), sociólogo español, explicaba que la metáfora del mapa funcionaba muy bien para este contexto ya que somos exploradores ante un problema nuevo y de un universo con unos confines no claramente delimitados. Explicaba que esta situación inédita la estamos explorando entre todos y que cada uno puede aportar unas herramientas o bien para iluminar partes del mapa que no vemos o bien para sortear dificultades que nos vamos encontrando en el camino (Gómez Forero, 2020).

Así, en una época marcada por la Covid-19, se recupera la vieja analogía entre un mapa y el territorio. O sea, el mapa no es el territorio. Esta idea, que ha sido trabajada desde múltiples aristas por científicos, artistas, literatos y académicos de diversa índole, subraya la distancia que hay entre un objeto y la representación de este. O como se da en el caso de la geografía, entre un territorio geográfico y el mapa del mismo. Ambos no son lo mismo.

Por eso se habla de una escuela cartógrafa, esto es, una escuela que está siendo obligada a aprender a crear mapas nuevos mientras recorre territorios desconocidos. La pandemia está obligando a toda la comunidad educativa, en vivo y en directo, a descubrir y recorrer tierras vírgenes y en algunos casos inhóspitas tanto para maestros, estudiantes, los directivos y los padres de familia. Si antes la escuela seguía los mapas diseñados por la política pública, entidades multilaterales o las de sus respectivas comunidades, ahora deviene en cartógrafa en tiempo real. Por ejemplo, cómo diseñar clases virtuales para estudiantes sin disciplina para lo virtual, ajustar contenidos para plataformas que no fueron inicialmente concebidas para el sector educativo, repensar roles de docentes, estudiantes y de comunidad académica, entre otras preguntas pedagógicas y didácticas.

Se habla de una escuela cartógrafa, esto es, una escuela que está siendo obligada a aprender a crear mapas nuevos mientras recorre territorios desconocidos.

Pero cuidado. No se trata de desechar los mapas previos y las hojas de ruta que a la escuela le ha costado siglos construir. El objetivo no es borrar todo de un plumazo y construir sobre las cenizas. O sea, no se trata de acabar con la escuela. Al contrario, que sea esta una oportunidad para reafirmar sus fines democráticos e incluyentes al tiempo que se repiensan las guías canónicas a partir de la experiencia concreta que acontece en el territorio. En este caso, un territorio impuesto por las circunstancias. Además, mientras la comunidad educativa se ajusta a esa cosa extraña que llaman “nueva normalidad” y va domesticando ese emergente territorio inhóspito, se esbozarán dibujos, cartografías y brújulas preliminares, que (nos) enseñarán a ver el mundo con otros ojos.

No se trata de desechar los mapas previos y las hojas de ruta que a la escuela le ha costado siglos construir.

Es muy difícil construir mapas. Por eso es más fácil y cómodo seguir los de los demás que hacer los propios. No obstante, lo que está pasando ahora es la antesala de cualquier mapa. Se habla con otros, se están cometiendo errores y se están haciendo ajustes sobre la marcha. Se están haciendo trazos que se borran, enriquecen y ajustan al tiempo que se dejan, en muchos casos, las certezas, egos y las posturas vanidosas en suspenso ya que, de lo contrario, sin esa humildad y extrañeza hacia un futuro poroso, será imposible encontrar otras maneras de moverse en los terrenos que recién se está explorando. Cuando todo esto pase, las moralejas y aprendizajes para esta época singular se guiarán, seguramente, no por supuestas respuestas genéricas, recetarios foráneos y lugares cómodos y comunes, sino a partir de preguntas puntuales que se hizo la escuela al trabajar sobre el terreno, visibilizando y escuchando con atención a sus principales actores y sin olvidar nunca su contexto.

A pesar del momento agridulce que se está viviendo, la escuela seguirá formando ciudadanos completos (Delval & Lomelí, 2013), pero haciendo ajustes contextualizados, cuidadosos y artesanales a los mapas canónicos con los que hemos contado hasta ahora. Este es un experimento educativo en tiempo real y es importante que los maestros saquen a flote su potencial cartográfico y tengan latente ese olfato reactivo, fruto de la experiencia y la práctica, para estos momentos álgidos.

La escuela seguirá formando ciudadanos completos, pero haciendo ajustes contextualizados, cuidadosos y artesanales a los mapas canónicos con los que hemos contado hasta ahora.

 

Referencias

Delval, J., & Lomelí, P. (2013). La educación democrática para el siglo XXI. Siglo XXI editores.

Gómez Forero, C. (2020, abril 28). “Estamos explorando algo nuevo, necesitamos un mapa”: Jorge Galindo, sociólogo. El Espectador

Alejandro Uribe

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