La escuela de los estudiantes hoy: anticipando el regreso al futuro

Pienso en el gran experimento de la pandemia que en Argentina llegó anunciadamente, cuando estábamos comenzando a abrir las escuelas luego del receso estival. Llegamos a tener estudiantes con una o dos semanas de clases presenciales que se perfilaban como las de todos los años. E iniciábamos con una agenda cargada de proyectos, con un análisis puntilloso de nuestros aspectos a mejorar, y con aprendizajes logrados en los años anteriores que nos auguraban una perfecta organización para el 2020.

Tal vez la vertiginosa realidad nos iba a llevar por la senda de siempre. La de todos los años: armar los acuerdos institucionales de convivencia, controlar las planificaciones docentes, establecer consensos mínimos con las familias de aquellos estudiantes que no desean serlo, y ver…

Pero la situación cambió drásticamente con el ingreso de la COVID-19. Ya nada fue igual. Ni las formas, ni los medios, ni los rituales que nos caracterizaron desde siempre como escuela.

Lejos de todos quedó el edificio que siempre fue la referencia institucional por excelencia. Siempre escuchamos decir que los templos, sin los fieles, no tienen razón de ser. Hoy más que nunca podemos decir que las escuelas sin los estudiantes tampoco.

Porque ese edificio que nos marcó la vida a todos los ciudadanos, que representó por años la catedral del conocimiento, de pronto, y por efecto de un simple virus, se multiplicó en tantos mini edificios como estudiantes tenía la escuela. Y cada alumno desde su casa, y cada docente desde la suya, hicieron lo humanamente posible para transitar por el virtuoso camino de enseñar y aprender. Y si bien para que las cosas sucedan es necesario que haya voluntad en todas las partes, en este caso, con ese ingrediente solo no completábamos el menú.

Es que en el amplio espectro del estudiantado tenemos estudiantes sin computadoras, otros sin teléfonos celulares con capacidad de descargar programas, muchos sin conectividad, otros que optaron por comenzar a trabajar informalmente para ayudar en sus alicaídas economías domésticas, y los que se conectaban pero apagaban la cámara del teléfono para no mostrar la precariedad de sus viviendas.

Además de lo expresado, en la escuela donde la asistencia diaria y en horario era un requisito cuyo incumplimiento se sancionaba, ya veníamos viendo que había muchos estudiantes que eran sostenidos por una habitualidad educativa que se basaba en el acompañamiento presencial por

sobre todas las cosas. Y nos veníamos preguntando qué hacer y cómo hacer para lograr que los estudiantes estén en la escuela por propia iniciativa.

La pandemia nos obligó a pensar en estos estudiantes más seriamente, porque ya no podíamos estar a su lado presencialmente y el único lugar donde sus desigualdades socioeconómicas se minimizaban era la escuela. Y entonces comenzamos a ver estudiantes desconectados, estudiantes que no entregaban los trabajos que proponían los profesores, profesores haciendo malabarismos para que los estudiantes respondan…

Pensamos en buscar un aprendizaje con sentido. Pensamos que para ello era menester propiciar el encuentro entre el Diseño Curricular representado por los docentes, y el deseo y el interés de los estudiantes.

La escuela de los estudiantes debería construirse colaborativamente con el estudiante motivándolo, de modo de lograr un aprendizaje activo y responsable.

El primer paso que dimos fue analizar la escuela prepandemia, y acordar por dónde no había que transitar. Y empezar a proponer caminos alternativos de consenso. En consecuencia decidimos, en un acuerdo muy trabajado, abordar proyectos que fuesen del interés de los alumnos, en los que el aporte que hiciera cada profesor respondiera a los requerimientos del avance de los proyectos.

No diré con esto que descubrimos la pólvora, pero sí que cada estudiante fue aprendiendo que si trabajaba con otros las cosas sucedían enriquecidas, que si le era más fácil dibujar que escribir, su participación en el proyecto iría por allí, que si le era más fácil la comunicación, tal vez participaría más motivado en la difusión institucional de los resultados del proyecto.

Y en este camino estamos. Confiando en cada actor institucional, y pensando… siempre pensando en nuestros estudiantes, que son el futuro de esta nación.

Jorge Leonardo Apud

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