Enredando otra educación

Necesitamos un currículo sin colores ni intereses, adaptado al presente del siglo XXI

– ¿Oye? He pensado que, quizá, podríamos plantearnos hacer un proyecto juntas en este tercer trimestre.

– ¡Uf! Imposible, aún me quedan dos temas para terminar el libro. 

Por desgracia, no es una conversación ficticia, es la realidad que aún se vive y viven muchos docentes. Terminar el libro y su contenido se convierte en una obsesión y parece que, si no se ha hecho, no se ha cumplido con los objetivos del curso. No son pocas las reuniones de departamento en las que la primera pregunta es si se están cumpliendo los tiempos: 12 unidades, 4 por trimestre, y es triste ver cómo algunos docentes se agobian o se intentan justificar por no haber terminado los temas exigidos. Pero la responsabilidad de ello no es solo de los docentes. A veces, la presión de los propios progenitores hace que esto se viva como una auténtica carrera de fondo para llegar los primeros a la meta: terminar el libro. 

Como os podéis imaginar, la visión que yo tengo de quién decide qué deben saber y cómo lo deben saber no es el docente, ni las leyes, ni el centro. Lo “decide” una “editorial” que, a pesar de los cambios legislativos, no ha modificado prácticamente ni una coma de sus contenidos ni los ha adaptado a los criterios o estándares de evaluación que es lo que realmente tendría que tener en cuenta el docente para planificar sus clases y realizar una evaluación real y adaptada a la normativa. ¡Ojo! Evaluar no es calificar. Pero hoy no entraremos en este debate tan interesante y que nos llevaría a otro foro. 

Y no es que esté en contra de los libros de texto, considero que son un elemento más para preparar nuestras clases, pero no es quién debe decidir qué haré cada día y qué evaluaré. Esa es la labor del docente.  Como tal, debemos planificar qué criterios, con qué objetivo, qué metodología y qué instrumentos de evaluación emplearemos para trabajar los criterios que nos ayudarán a desarrollar en nuestro alumnado (contextualizado, por supuesto) las competencias del siglo XXI. Las editoriales deberían ir pensando en otro modelo de libro para ayudar a los docentes en esta nueva etapa de la educación en la que nuestro papel debe ser más de “mentor” y la de nuestro alumnado de “creador”. 

Por otro lado, es necesario, para que todo esto se pueda llevar a cabo, que la educación deje de estar en manos de la política y que deje de ser el color de esta la que decida el qué y el cómo. Necesitamos, y con urgencia, un verdadero “pacto” educativo que no esté en manos de políticos sino de quienes realmente conocen las aulas y lo que en ellas se “cuece”: los docentes y el alumnado. Sí, han leído bien, también los estudiantes deberían de tener voz y voto en la formación que van a recibir. 

El punto de partida debería de ser la necesidad de crear generaciones de jóvenes críticos, capaces de trabajar en equipo, de tomar decisiones, que no le tengan miedo al fracaso, que sean resolutivos y cuya creatividad los lleve a darle forma a las necesidades de la sociedad del “futuro-presente”.

Quizá hace falta sentarnos por materias e ir analizando cada contenido que se da con qué finalidad se hace y qué de necesario es, junto con lo que falta y se necesita trabajar para lograr esas nuevas generaciones de jóvenes. Pero no solo por materias, también, es imprescindible, un trabajo coordinado con representaciones de las distintas materias para ver cómo se puede trabajar de forma conjunta y dejar a un lado los aprendizajes estancos. 

Me imagino un futuro “libro” en la red formado por proyectos en los que se integren las distintas materias y que según vayamos avanzando por él nos lleve a enlaces con el contenido teórico (vídeos, infografías, mapas conceptuales, imágenes…) que necesitamos para seguir desarrollándolo. Proyectos en donde el docente decidirá en función de su alumnado, su contexto y las necesidades del mismo. Proyectos donde se tenga en cuenta la inclusión para llegar a todos y todas y que ningún alumno o alumna tenga la sensación de no tener cabida. Sería como las redes de comunicación actual que te van llevando de un sitio a otro y vas construyendo tu propio camino. ¿Por qué no dejar que cada niño y niña vaya encauzando su aprendizaje en función de sus intereses partiendo de una primera base de mínimos necesarios para poder seguir aprendiendo y desarrollando el potencial de cada uno como personas únicas? Cada estudiante es único y tiene inquietudes únicas, pero a todos los formamos para lo mismo sin tener en cuenta que, además de opositores, médicos o ingenieros, tendremos músicos, dramaturgos, cantantes, diseñadores, profesionales del doblaje, escritores, deportistas,  directores de cine, ilustradores, críticos o esos trabajos que aún no conocemos y para los que, si seguimos por esta vía, no los formaremos.

Manoli Fernández

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