La escuela que viene como vector de cambio

La irreflexión y estatismos de la escuela debería ser la primera víctima de la COVID-19. La escuela ha de emerger como un vector dinamizador y catalizador del necesario cambio social en el que el alumnado debe ser parte y vanguardia. 

 

Es indignante que la escuela del tercer milenio siga asemejándose a las descripciones que décadas atrás hizo Foucault. Es inadmisible que la escuela siga rigiéndose por dinámicas de poder donde el éxito depende de la repetición del dictado curricular. La escuela, tal y como la experimentamos hoy en día, es una fábrica al más puro estilo fordista en que se estandariza forzosamente la diversidad y el dinamismo del alumnado mediante la imposición del currículo. 

¿Realmente aprendemos en la escuela? En la escuela acumulamos y desechamos el conocimiento que requiere el examen más cercano. Esto no es aprender. Aprender es asimilar el conocimiento, es interiorizarlo y hacer uso de él. La escuela, de la forma en que hoy en día está diseñada, trata al alumno como si fuese un archivo y no como un individuo dinámico. La escuela arraiga en el alumno la memoria impersonal que Debord expuso en La sociedad del espectáculo

La perpetuación de esta escuela irreflexiva e impositiva se explica en parte a que nuestras sociedades tienden a mantener sus estructuras tradicionales a causa de la inercia histórica, que resulta soportable gracias al estímulo tecnológico y consumista. Sin embargo, la inercia histórica ha sido súbitamente detenida por la COVID-19. El confinamiento ha demostrado que la evolución no es imposible. El confinamiento ha demostrado que la escuela es capaz de adaptarse a situaciones extremas (en este caso gracias a la ayuda de la tecnología) y que la implementación de cambios en el método educativo es plausible. 

Ahora es el momento de extrapolar esta conclusión pues si la escuela ha podido adaptarse a la COVID puede también adaptarse a las necesidades lectivas y sociales del siglo XXI. Sin embargo, en esta extrapolación debemos transformar la perspectiva de cambio, pues ya no se trata de crear un paradigma en el que la escuela sobreviva, se trata de crear un nuevo paradigma para una nueva escuela estimulante, útil y catalizadora. Y para ello, la escuela que viene debe ser muchas cosas. 

La escuela que viene debe ser abierta. No debe enrocarse en sus aulas, debe mirar al exterior, debe hacer uso de los recursos educativos, sociales y culturales del entorno. Debe enseñar al alumno que el aprendizaje es un proceso que puede ser llevado a cabo en cualquier lugar y momento. Y lo más importante, que es un proceso que puede ser llevado a cabo por el propio alumno. La escuela actual parece actuar con un paternalismo casi nocivo en donde se insinúa que la única forma de aprendizaje posible es con un profesor. Los alumnos deben ganar en independencia, hay que poner en sus manos las herramientas con las que puedan satisfacer su curiosidad por si mismo. La escuela debería aspirar a crear pensadores críticos e independientes, no esponjas sumisas. 

La escuela debe dejar de ser tratada como un microcosmos e integrarse en su barrio y localidad. La escuela debe ser un punto de encuentro donde converjan los vectores de transformación social. ¿Por qué hacer un uso tan limitado de las facilidades de la escuela? ¿Por qué no hacer de sus aulas un punto de encuentro entre artistas, activistas, innovadores…? ¿Por qué no facilitamos al alumnado su involucración en proyectos sociales? A fin de cuentas, si el deseo de solucionar una cuestión es el mayor aliciente del aprendizaje, hacer a los alumnos partícipes de proyectos transformativos es el mejor de los recursos educativos. La escuela debe avivar ese motor de transformación social, debe de hacer del alumno un individuo comprometido pues esta es la condición más favorable desde donde aprender. 

Se dice con frecuencia que los jóvenes son el futuro, pero subconscientemente se niega la posibilidad de que manifiesten el futuro en nuestra sociedad actual. La escuela nos coloca en una caja de cristal con la pretensión de que conozcamos en profundidad el mundo que los rodea, pero sin dejarnos intervenir en él. ¿Cuál es el sentido de esta lógica? Los estudiantes debemos poder involucrarnos en nuestro entorno, debemos poder aplicar lo aprendido y comprender la importancia de no cejar en el aprendizaje. 

Falta coraje. La escuela que viene debe insuflar al alumno el coraje por aprender de forma independiente y crítica, ¡sapere aude!, pero también debe hacer del alumno un individuo comprometido. Un compromiso que, empezando por la propia escuela mediante la necesaria revitalización de la democracia estudiantil, acabe convirtiendo al alumno en un vector del cambio que la sociedad post-COVID necesita.

La escuela, en resumen, ha de transformarse en uno de los vectores principales de la transformación social. Un foro dinámico y móvil, que no se encierra en el aula ni en las mismas voces. Debe convertirse en un lugar de encuentro entre la vanguardia sociocultural que empodere al alumnado. La escuela ha de ser la confluencia entre el proceso de aprender, la independencia intelectual y la acción. Solo así los alumnos de la escuela que viene se convertirán en los vectores que lleven a buen puerto la transformación que tan desesperadamente necesitamos.

Alejandro Quecedo

Si te ha gustado, ¡ayúdanos a correr la voz!

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Posts relacionados

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibe en tu email un resumen mensual con las últimas novedades del proyecto

Deja un comentario

3 × 1 =