Una nueva generación, una nueva oportunidad

Para mí, la escuela que viene es un lugar donde los cambios deben ocurrir. Cambios que se originan no solo por la pandemia, sino por una nueva generación de adolescentes que puede ser la primera que esté replanteando la tradicional ruta educativa: colegio, universidad y trabajo. Ellos ya son conscientes de que esta ruta no es garantía de éxito, lo están evidenciando en sus hermanos mayores o primos de más edad que la siguieron a ojo cerrado y en este momento pasan dificultades para conseguir un buen empleo remunerado. Nuestros jóvenes son personas que saben buscar información porque literalmente la tienen a mano, sus dispositivos móviles se la proveen y por ello la autoformación es una realidad que está muy acorde a las 400 horas de video que se suben cada minuto a la plataforma de YouTube, el espacio de aprendizaje natural de esta generación. Esta generación hiperinformada me cuestiona y me hace preguntarme si podrán forzar el cambio de nuestro modelo educativo de tres siglos para satisfacer sus necesidades.

Pero para que la transformación ocurra, primero deben ocurrir cambios en la misma estructura educativa y es allí donde el currículo oficial no puede seguir determinando lo que se aprende en las instituciones educativas. La relación entre el currículo debería ser sólo de referencia, porque estamos llamados como docentes a llevar el aprendizaje a un siguiente nivel, en el que ocurra una aproximación más estrecha entre lo que se enseña y lo que se usa en la vida real, una enseñanza accionable que comience con sencillas aplicaciones de ese aprendizaje. El currículo debería ser sólo un documento con recomendaciones específicas que ayuden a enrutar el contenido de la cátedra, mientras los docentes tenemos el compromiso de alimentar semestre a semestre los saberes que se impartirán con el fin de inyectar esa dosis de actualidad tan necesaria. Debemos nutrirlo no sólo desde nuestra perspectiva sino también con nuestra capacidad de abrir el espacio para escuchar propuestas de nuestros estudiantes, una generación que tiene mucho que decir y solo necesita ser guiada para capitalizar su talento. Entonces ¿qué pasaría si durante el recorrido de nuestra cátedra son los mismos estudiantes los que plantean adiciones y/o modificaciones al mismo currículo?

Y por último, legalizar la importancia de la autonomía del docente a la hora de decidir lo que se enseña es vital para la escuela de hoy, siempre y cuando el docente tenga un espíritu colaborativo y de trabajo en equipo con sus colegas para alimentar y decidir lo que se imparte en el aula. Una constante colaboración entre docentes para promover un currículo que no sólo transmite sino que transforme. Las futuras decisiones de las instituciones gubernamentales que rigen la educación y en consecuencia las decisiones de las instituciones educativas deben promover en los docentes el paso de un rol de ejecutores a uno de constructores. Como docentes, la escuela que viene nos reta no sólo a mejorar nuestras competencias tecnológicas para estar a la par de nuestros estudiantes nativos digitales, sino al trabajo colaborativo que construya confianza estableciendo objetivos comunes con un sentido de pertenencia y siempre impulsando la comunicación. Esto último me trae la pregunta: ¿cambiará la contratación de docentes por títulos y se volcará a la selección de personas con talento para compartir y crear ideas colaborativas?

Ahora le invito a que desplacen esta página hasta abajo, a la casilla de comentarios, y me ayude a resolver las tres grandes cuestiones que al escribir esta reflexión surgieron. Como buen docente necesito seguir aprendiendo, los cambios suceden con pequeñas acciones y si nos hemos equivocado todo este tiempo, agradezco poder corregir. Adelante, es su turno, quedo atento.

Carlos Arango

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